Hay
silencio en los pasillos del Ministerio de Hacienda. Es viernes, 5 de la tarde
y la oficina de la viceministra técnica está cerrada. Ella sigue adentro.
Mientras
organiza los últimos papeles antes de entregar su puesto, Ana Fernanda
Maiguashca remueve también recuerdos. La casa de su infancia, por ejemplo, que
quedaba en Pance, en el sur de Cali, con perros, gatos, pericos, libros y más
libros. En ese tiempo, la mujer que desde mañana será codirectora del Banco de
la República era una niña a la que tenían que arrancarle las palabras.
Los
profesores del Colegio Colombo-Británico, donde estudió, le pusieron matrícula
condicional a ver si con esa medida dejaba de ser tan callada. "Pasé la
infancia metida en mi cabeza -dice-. Será por eso por lo que ahora hablo
tanto."
Si
se tratara de resumir su hoja de vida, habría que decir que se graduó de
economista en la Universidad de los Andes; hizo un MBA en la Universidad de
Columbia (Nueva York); empezó su carrera profesional en el Banco de la
República -encargada del desarrollo del mercado local de capitales-; fue
delegada adjunta de Riesgos en la Superintendencia Financiera; llegó al
Ministerio de Hacienda como directora de Regulación Financiera y luego fue
viceministra técnica, cargo en el que, entre otras cosas, debió lidiar con el
trámite de la reforma tributaria en el Congreso.
Pero
la mujer dueña de este recorrido laboral se enorgullece, por encima de todo, de
otra cosa.
O,
mejor, de alguien.
Ella
voltea su silla y la señala en las muchas fotos que tiene detrás de su
escritorio:
-Mi
hija, Elisa. ¿No es bella?
*
* * *
Ana
Fernanda tenía 6 años cuando sus papás se separaron. Él, Franklin Maiguashca,
ecuatoriano de estirpe inca, economista de profesión con un doctorado en Oxford.
Ella, Ana Fernanda Olano, también economista, una de las pioneras en ocupar
altos cargos gerenciales en el país y con maestría en Stanford. Los dos, sin
embargo, antes que números, le enseñaron a su hija poesía y teatro. Su mamá le
cantaba rimas de Bécquer, a las que ella misma les ponía música. Su papá solía
saltar de sus habituales silencios y recitarle párrafos de Shakespeare o
Bernard Shaw.
Cuando
se divorciaron, la relación con su papá se hizo difícil.
Ahora,
mientras revisa los últimos mensajes que le llegan a su oficina de
viceministra, Ana Fernanda trae también a su memoria las muchas veces que, de
niña, se sentaba frente a él y le pedía:
-Cuéntame
historias de la Segunda Guerra Mundial.
Y
su papá comenzaba y no se detenía. Era la forma que ella había descubierto para
comunicarse con él. "Papá, recítame el Poema de los dones." Prefería
esos momentos a los días en el colegio, donde la molestaban por su color de
piel, aunque ni siquiera llegaba a ser morena. "Pero es que estaba en el
Británico, no se le olvide", dice. Y no faltaban las bromas con su
apellido.
El
profesor llamaba a lista:
-¿Ana
Fernanda Maiguashca?
Y
el coro de alumnos repicaba:
-Venga
y me la rasca.
Ana
Fernanda se reía sobre todo al ver la cara que ponían los profesores. Desde
entonces, se acostumbró a llevar un apellido extraño y tener que deletrearlo
para que pudieran entenderlo: Mai-guas-h-c-a.
Toca
partirlo así, explica, porque el fonema shca no está en el procesador mental de
las personas que no hablan quechua.
Muchos
años después de las saboteadas escolares, Ana Fernanda le oyó a un tío paterno,
Juan, que es doctor en historia y vive en Toronto (Canadá), el origen inca de
su apellido y su familia.
En
quechua, le explicó él, Maiguashca significa bienamado.
En
su memoria también está un viaje que hizo con sus papás y con su hermano Manuel
(cuatro años mayor que ella y también con una hoja de vida en el sector
público) a Ecuador, a la casa de sus abuelos, Segundo y Eloísa.
Ana
Fernanda no llegaba a los 5 años, pero tiene claro el momento en que vio a unos
cangrejos azules saltar en el patio antes de que llegaran a los platos de los
adultos. Ella estaba antojada, pero su mamá no la dejó probarlos: le dio miedo
que le hicieran daño. (Hoy los cangrejos son su comida favorita.) Ese día oyó
muchas historias de sus antepasados, que no dejaron de interesarla. Por eso
hoy, entre sus proyectos, está aprender quechua. Hace poco le pidió a su papá
-que regresó a Ecuador y es profesor- que le enviara libros para empezar a
entrenarse. Ya habla y lee algo de francés, sangre que le corre por línea
materna, por su abuela Georgette Shede.
Los
libros, en general, han estado de su parte siempre. Todo lo que aprendía de
poesía en casa le sirvió para ganarse un espacio en el colegio: se volvió
experta en escribir cartas de amor por encargo. Sus amigas le daban pistas del
destinatario y ella procedía. "Era como El Poeta de La ciudad y los
perros", dice y se refiere al personaje de la novela de Vargas Llosa que
de niño también escribía cartas para sus amigos.
Ana
Fernanda se graduó con buenas notas y un Icfes de 380. "Eran tiempos
ñoños", dice. Los describe como si ese juicio se le hubiera acabado. En
ese momento, su idea era estudiar biotecnología en otro país, pero el dinero de
la familia no alcanzaba para pagarle una matrícula en el exterior.
Decidió
estudiar economía en Bogotá. Quería una carrera que "le entrenara la
cabeza y le ejercitara la mente". En los Andes se peleaba con ella misma,
no cuando sacaba una nota regular, sino cuando no entendía las cosas. Al tiempo
que llenaba los días con materias de su carrera, completaba el semestre con
cursos de humanidades, que le ofrecían aire. Tomó clases, por ejemplo, con los
maestros Abelardo Forero Benavides y Germán Arciniegas.
Durante
esos años descubrió su versión rumbera. Si algo le hace falta hoy, cuando el
tiempo no alcanza, es bailar. Cuando empezó a trabajar, en el Banco de la
República, armó un combo de amigos con los que iba a Quiebracanto y a un sitio
de La Candelaria, al que "le sudaban las paredes": El Antifaz de la
Calle Luna. Si querían algo más tranquilo, iban a donde Marielita a cantar
tango.
*
* * *
Pero
no es solo la falta de tiempo. Hoy es otra. Ya rumbeó todo, ya se emborrachó y
se "desemborrachó", como dice, y ahora las horas que no dedica a un
documento técnico prefiere vivirlas junto a su hija, Elisa, de 5 años, a quien
le recita poesías de Rubén Darío y la duerme con Margarita, está linda la mar.
Ana Fernanda se casó a los 26 años con Gustavo Morales, caleño también. (En alguna
parte él debe tener el cartapacio de cartas de amor que ella le escribía.) Era
una relación que iba y venía. Cuando Ana Fernanda estaba lista para irse a
Nueva York como alumna de Columbia, tenía la idea de irse sola.
Sin
embargo, él le dijo:
-¡Antes
nos casamos! Si te vas sola, allá te enamoras de un banquero de inversión.
Se
casaron por lo civil. Y viajaron juntos. Estuvieron en Nueva York del 2000 al
2002. "Fuimos a tumbar una torre y volvimos", dice Ana Fernanda, con
quien resulta difícil pasar más de cinco minutos sin soltar una carcajada. El
11 de septiembre del 2001, a la hora en que las torres caían, ella estaba en
clase. Había oído rumores de que pasaba algo mientras iba en bus a la
universidad, pero siguió hacia el salón y el profesor dictó la cátedra. Cuando
salió, se enteró de la tragedia.
En
ese momento se dio cuenta de que estaba preparada para afrontar la violencia:
había vivido los peores años del narcoterrorismo en Cali y muchos conocidos
perdieron la vida en el atentado contra el avión de Avianca. Su papá,
preocupado por lo que pudiera pasarle en Estados Unidos, le recomendó que se
fuera a vivir a Toronto, a donde su tío. Ella solo le respondió:
-Papá,
eres economista. Saca las probabilidades de que algo me pase aquí.
Y
se quedó.
Cuando
volvió al país, con título en mano, Ana Fernanda empezó a mostrar sus
capacidades. Al ver de qué estaba hecha, comenzaron a aparecer también varios
mentores. Ella nombra, entre otros, a Juan Pablo Zárate, a Patricia Correa, al
ministro Mauricio Cárdenas y a uno que, incluso, no debió enterarse de lo mucho
que le enseñó: Miguel Urrutia, por más de diez años gerente del Banco de la
República. "Yo le aprendí a él hasta cómo debe uno sentarse en una
reunión".
Ahora,
cuando sea parte del equipo que tomará las decisiones de la política monetaria
del país, Ana Fernanda tendrá nuevas oportunidades para mostrar su tesón. Está
entusiasmada porque lo que viene es un trabajo más para pensar. Y leer. En la
oficina leerá documentos económicos. Pero tendrá más tiempo, en casa, para leer
poemas de Pedro Salinas o seguir con las novelas que tiene por terminar.
"Cuando sea grande quiero estudiar literatura", dice Ana Fernanda.
También ha dicho que cuando sea grande quiere hablar quechua y tomar fotografías.
Le gusta tener proyectos. Ha escrito cuentos pero terminan guardados en el
cajón, "como pasa con los escritores sin talento". En una ocasión,
motivada por su esposo, se presentó a un concurso. No ganó, pero le publicaron
el relato.
*
* * *
Al
final de la tarde, Ana Fernanda Maiguashca Olano -de 38 años, de signo leo,
diestra- recoge cada uno de los dibujos que su hija, Elisa, le ha dado y que
cuelgan en el tablero de su oficina. Los guarda en el morral de ruedas que se
acostumbró a usar para no afectar su espalda.
-¿Será
que uno tiene que pagar un precio por ser feliz? -se pregunta.
Y
lo dice porque, al tiempo con sus alegrías familiares y profesionales, tiene
que soportar a Libardo. Así le puso a su estómago, responsable de muchas de sus
molestias diarias. Ana Fernanda no sufre de colon irritable, no, sino irritado.
Y una gastritis rebelde.
Aunque
no ha dejado atrás la timidez de su infancia, hoy sabe lidiar muy bien con
ella, sobre todo cuando se trata de temas de trabajo.
Ana
Fernanda Maiguashca (y cuando ella dice su apellido suena esa particular
entonación que no se oye en los que no hablan quechua) está lista para el reto
que inicia. Es un sueño más que hará realidad. Los sueños pendientes tendrán su
hora. Cuando sea grande.
FUENTE:
MARÍA PAULINA ORTIZ, Redacción de EL TIEMPO